01.
Dios y la Santísima Trinidad
Creemos en un solo Dios verdadero y viviente, infinito y perfecto,
que existe eternamente en tres Personas distintas:
el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Estas tres Personas son un solo Dios, de una misma esencia,
iguales en poder, eternidad y gloria, aunque distintas en sus
relaciones personales.
Deuteronomio 6:4; Mateo 28:19; Juan 17:3;
2 Corintios 13:14; 1 Juan 5:7.
02.
Las Sagradas Escrituras
Creemos que las Escrituras del Antiguo y Nuevo Testamento son
la Palabra de Dios, inspirada por Él y nuestra
única regla infalible y suficiente de fe y obediencia.
Todo lo necesario para conocer a Dios, creer para salvación
y vivir para su gloria está expresamente contenido en las
Escrituras.
La autoridad de las Escrituras no depende del testimonio de
ningún hombre o iglesia, sino enteramente de Dios, quien es
su Autor.
2 Timoteo 3:16–17; Romanos 15:4; 2 Pedro 1:20–21.
03.
La elección
Creemos en el amor eterno e inmutable de Dios y que, antes de
la fundación del mundo, Dios escogió en Cristo, según el
beneplácito de su voluntad y únicamente por su gracia, a un
número determinado de seres humanos para vida eterna; no por
obras previstas ni por mérito alguno en ellos, sino conforme
a su propósito soberano.
Efesios 1:4–5; Romanos 8:29–30; 9:11–16;
2 Timoteo 1:9; 1 Pedro 1:2.
04.
La caída y depravación del hombre
Creemos que por la caída de Adán toda la humanidad quedó bajo
el pecado, la culpa y la muerte. El hombre caído está
espiritualmente muerto y es incapaz, por sus propias fuerzas,
de convertirse a Dios, creer en Cristo de manera salvadora
o prepararse para ello.
Por tanto, su salvación depende enteramente de la gracia
soberana de Dios.
Salmo 14:1–3; Romanos 3:9–20, 23; 5:12–19;
Efesios 2:1–3; Juan 6:44.
05.
Jesucristo y la redención
Creemos que Jesucristo es el Hijo eterno de Dios, verdadero
Dios y verdadero hombre. Para realizar la obra de nuestra
salvación, tomó naturaleza humana sin pecado, fue concebido
por el Espíritu Santo, nació de la virgen María y vivió en
perfecta obediencia a la ley de Dios.
En la cruz se ofreció voluntariamente como sacrificio
sustitutivo por los pecadores que el Padre le dio, llevando
sus pecados y satisfaciendo plenamente la justicia de Dios.
Por su obediencia y sacrificio obtuvo para ellos una redención
eterna.
Creemos que murió verdaderamente, fue sepultado y resucitó
corporalmente al tercer día, y que ahora vive e intercede
por su pueblo.
Isaías 7:14; Mateo 1:21–23; Juan 1:1, 14; 6:37–40;
10:11, 15; Gálatas 4:4–5; Filipenses 2:5–8;
Romanos 4:25; Hebreos 7:25; 9:12; 10:10–14.
06.
La justificación
Creemos que Dios justifica gratuitamente a los pecadores,
no por obras realizadas por ellos ni por justicia propia,
sino únicamente por causa de Cristo.
La perfecta obediencia y satisfacción de Cristo son imputadas
al creyente, y la justicia de Cristo es recibida únicamente
por la fe. Esta fe no constituye mérito alguno delante de Dios,
sino que es el único instrumento por el cual recibimos a
Cristo y su justicia.
Romanos 3:21–28; 4:5–8; 5:1, 18–19;
Gálatas 2:16; Filipenses 3:9; Tito 3:5–7.
07.
El llamamiento eficaz y la regeneración
Creemos que todos aquellos a quienes Dios ha predestinado
para vida son, en el tiempo señalado por Él, llamados
eficazmente por su Palabra y Espíritu.
El Espíritu Santo los vivifica, ilumina sus mentes, quita
su corazón de piedra, renueva sus voluntades y los atrae
eficazmente a Jesucristo.
Esta regeneración no es producida por la voluntad, mérito
o cooperación previa del pecador, sino por la gracia soberana
de Dios. Como fruto de esta obra, el pecador viene libremente
a Cristo mediante el arrepentimiento y la fe que Dios le concede.
Juan 3:3–8; 6:44; Romanos 8:28–30; Efesios 2:1–10;
2 Timoteo 1:9; 2 Tesalonicenses 2:13–14; 1 Juan 5:1.
08.
La perseverancia de los santos
Creemos que aquellos que han sido verdaderamente unidos a
Cristo, llamados eficazmente y santificados por su Espíritu
no pueden caer total ni definitivamente del estado de gracia,
sino que perseverarán hasta el fin y serán eternamente salvos.
Aunque pueden caer temporalmente en pecados graves y
experimentar conflictos con la carne, el mundo y Satanás,
Dios los preservará por su poder mediante la fe. Nada podrá
separarlos del amor de Dios que es en Cristo Jesús.
Juan 10:27–29; Romanos 7:15–25; 8:28–39;
Filipenses 1:6; 1 Pedro 1:5; 1 Juan 5:1–5;
Judas 24–25.
09.
La resurrección y el juicio final
Creemos que habrá una resurrección corporal de los muertos
y un juicio final establecido por Dios mediante Jesucristo.
Los justos entrarán en la vida y el gozo eterno con Dios,
mientras que los impíos serán condenados al castigo eterno.
De esta manera, Dios manifestará eternamente la gloria de su
misericordia en la salvación de los redimidos y la gloria de
su justicia en la condenación de los impíos.
Mateo 25:31–46; Juan 5:28–29; Hechos 17:31; 24:15;
2 Corintios 5:10; Apocalipsis 20:11–15.
10.
El bautismo y la Cena del Señor
Creemos que el bautismo y la Cena del Señor son ordenanzas
establecidas por Jesucristo para su iglesia y deben observarse
hasta su regreso. Estas ordenanzas no otorgan salvación ni
comunican gracia salvadora por sí mismas.
El bautismo corresponde únicamente a quienes profesan
arrepentimiento para con Dios y fe en Jesucristo. Debe
administrarse en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo, siendo la inmersión en agua el modo apropiado establecido
por Cristo.
La Cena del Señor fue instituida por Cristo para que su iglesia
recuerde y proclame su sacrificio, confirme la comunión de los
creyentes con Él y entre sí, y anuncie su muerte hasta que
Él venga.
Creemos que el orden bíblico es que quienes participan de la
Cena sean creyentes que hayan profesado públicamente su fe
mediante el bautismo y caminen en comunión y disciplina con
la iglesia.
Mateo 28:18–20; Hechos 2:41–42; 8:36–38;
Romanos 6:3–4; Lucas 22:19–20;
1 Corintios 11:23–29.
11.
La iglesia local y su gobierno
Creemos que Jesucristo es la única y suprema Cabeza de la
Iglesia y que toda autoridad eclesiástica está subordinada
a Él y limitada por su Palabra.
Cada iglesia local, constituida por creyentes que profesan
la fe y procuran vivir en obediencia al evangelio, ha recibido
de Cristo la autoridad necesaria para ordenar su adoración,
disciplina y gobierno conforme a las Escrituras.
Creemos que el gobierno de la iglesia local es congregacional,
reconociendo la responsabilidad y autoridad de la congregación
en los asuntos que Cristo le ha confiado, y reconociendo
asimismo los oficios bíblicos de ancianos o pastores y diáconos.
Los ancianos tienen la responsabilidad de enseñar, pastorear
y dirigir espiritualmente a la congregación, mientras que la
iglesia ejerce corporativamente las responsabilidades que
Cristo le ha dado, todo bajo la autoridad suprema de la
Palabra de Dios.
Mateo 18:15–20; Hechos 6:1–6; 14:23; 20:28;
1 Corintios 5:4–5, 12–13; 2 Corintios 2:6;
Filipenses 1:1; Colosenses 1:18;
1 Timoteo 3:1–13; Hebreos 13:17.